Manejé desde el hospital hasta mi casa… una recaída en esta aventura de recuperación me tenía con una presión en el pecho que llegaba a mi garganta y, en momentos, hasta mi estómago. No sé si fue el haber dejado a mi compañero en el hospital para descansar, o la imposibilidad de besarlo al despedirme cuidando su inmunosupresión; pero, al partir, algo me enredó el alma. Me dolía profundamente. Al conocer ya la forma que tiene mi cuerpo de sacar los sentimientos, decidí poner un par de canciones que encauzaran ese río de emociones en forma de lágrimas para que, al regar mis mejillas, aliviaran un poco mi corazón.

Y aunque lloré y la presión bajó, no se iba. Me sobaba el pecho, subiendo hasta mi garganta; quería de alguna forma aliviar con mis manos algo que sentía tan adentro y, hasta cierto punto, tan físico. Mi piel roja con el roce constante se sentía adolorida y aún existía en mí una inercia de llevar mis manos al pecho, pues no lograba aliviar aquella sensación. Después de unas horas dejé de perderme en mis sentimientos; me fijé en la sensación de presión, pues empezó a ser molesta como una astilla en un dedo. Algo llamaba mi atención y, así como lo haces con una astilla, empecé a observar lo que sentía: cómo y de dónde venía. Evolucionó de una sensación a una observación. Aún sin entenderla, me preguntaba: ¿Cómo puede vivir uno con una presión así? Algo ahí adentro en algún momento tendrá que romperse.
Hace poco leí el libro de Cumbres borrascosas, con el timing perfecto, pues al terminarlo me enteré que la nueva adaptación al cine saldrá en unas semanas. Nunca había tenido la oportunidad de leerlo; sin embargo, lo recuerdo presente en mi vida desde que tengo memoria, nombrado en todas mis clases de español e incluso en mis películas favoritas como un referente literario o como un modelo de amor intenso, retorcido y doloroso. Hace un par de semanas, después de aplazarlo 20 años, me di el tiempo de leerlo. Queriendo descansar un poco de las historias que había engullido sin parar en un encierro sanitario, pensé que, al ser un clásico, debería ser ligero y mucho menos enredoso que las nuevas historias que había leído antes. ¡Oh, qué equivocada estaba! Tomé ese libro y él me engulló a mí.
Navegué por sus hojas leyendo las aventuras de Catalina y Heathcliff: cuando recogían flores y cuando se maldecían. Lloré cuando a Catalina se le desgarró el corazón, porque aquella descripción de su sentir encontró en mí un testigo. En mi caso, no con un salvaje y musculoso enamorado peleando por mi amor con un caballero adinerado, sino con un proceso médico complicado, con un plan de vida complicadísimo; pero sentí su sentimiento… el de un corazón desgarrado que sigue latiendo, reviviendo ante algunas tentaciones pero volviendo a sangrar con cada movimiento brusco. Al terminar de leer aquella obra de arte en un par de días, me quedé hundida. Me sentía desnuda, pues fue en un clásico de 1819 que alguien puso en palabras lo que siento últimamente; y me río al haberme querido engañar pensando que eran sensaciones únicas y originales.
Entonces recordé escenas de otras obras literarias, teatrales e incluso musicales. En Orgullo y prejuicio, la repetida amenaza de la matriarca con la delicadeza de sus nervios; en Jane Eyre, cuando la privación de la libertad pone al límite los nervios y la cordura. Obras donde los sentimientos de una mujer definen por completo el desenlace de una historia; obras en que es el alma adolorida de una mujer la que recorta las realidades. Obviamente, como es ahora, en ese entonces las obras reflejaban la sociedad de donde provenían: nos muestran cómo eran las mujeres de antaño y, más allá de eso, cómo se les permitía, tras un agravio emocional, estar rotas, vagar despeinadas sin prestar atención a nada. Y era un padecimiento aceptado; era una debilidad cuidada y aquellas mujeres, en esas historias, reconocidas como rasgadas.
Pensando en Catalina, me morí de envidia porque todo su entorno cuidaba de no exaltarla más, de no rasgar más su corazón con las nimiedades del día a día. Me pregunto entonces: ¿En qué momento dejamos de hacer eso? ¿En qué momento tuvimos que ser fuertes y aguantar todo? ¿En qué momento nos dejó de dar miedo tener almas rotas?¿Por qué no puedo vagar, despeinada y sin prestar atención a nada, como las damas estresadas de antes? ¿En qué momento perdimos el derecho a la fragilidad?
Últimamente la vida ha decidido que necesita mucho de mí y se lo he dado. Me hizo tirones el corazón junto con el alma; me está pidiendo que crezca con decepciones y malentendidos, pero despeinada y todo sigo aquí presente. No tan fuerte, pues me he debilitado tanto que ahora son cosas pequeñitas las que me lastiman, las que me hacen envidiar a esas mujeres fugadas. ¡Qué ganas de ser una de ellas! Honestamente me dan celos; quisiera poder fugarme, y quisiera no ser de mi generación, ser parte del 1% que puede vivir sin trabajar, sin hacer frente a todo lo que implica tener una vida. Quisiera reconocer que, por más que lo intente, no será suficiente porque yo no puedo controlar mi entorno. Quisiera sentir que me puedo ir de mí cuando esta presión me haga sufrir.
Hoy he pensado mucho en esa Catalina viendo por su ventana en los páramos de Yorkshire y la entiendo. Seguramente me equivoqué al nacer ahora y no en los mil ochocientos; me equivoqué siendo tan sensible al igual que fuerte. Me he equivocado al saber mis límites y seguir empujándolos. Y ahora me pregunto: ¿Cómo cambio algo que he hecho toda mi vida? ¿Es posible? Me siento cansada, triste, con el alma hecha jirones y molesta por no permitirme ni siquiera la fuga que mi gemela narrativa sí se permitió.
¡Estoy triste! Hay días tan difíciles que me avasallan, que me hacen bajar la cabeza esperando que llegue la noche para que se borre la pizarra; que, al dormir, se reinicie mi suerte y pueda tener un buen día. Aunque realmente lo que quisiera es poder aceptar lo que la vida me ha traído sin resistirme y sin quejarme, pero son mis antepasadas poderosas las que me hacen pelear y luchar siempre que algo me está doliendo. Pienso que este dolor es como el de las reumas, que te da mientras creces justo en el centro del hueso; que no hay mucho que puedes hacer para aliviarlo, solo soportarlo, porque en un par de meses habrás crecido y madurado.

Y al final, esta cascada de ideas se resume en el anhelo que tengo en el fondo de mi corazón: de que todos pudiéramos, de ser necesario, fugarnos, ser cuidados y apapachados mientras tratas de reconstruir tu alma.
Disclaimer
Gracias a las feministas por lograr mis derechos y libertades; de antemano, entiendo que el cambio también se dio en busca de nuestra libertad. Pero qué rico que todo te valga madres por un momento, mirando por tu ventana como lo hizo Catalina.
Si nos vamos a lo técnico, ya sé que llegamos a este momento de hiper-productividad por un capitalismo tardío que obligó a las mujeres a hacerse productivas mientras los hombres iban a la guerra. Con un modelo económico basado en un planeta con recursos finitos, la precarización de la sociedad va de la mano con la exigencia constante de producción; y sé que no hay nada que yo pueda hacer para escapar del sistema, pero quisiese, madre santa.

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