Una etapa superHada ¿Superheroína o villana?

Tengo recuerdos de mí cuando iba creciendo; sentía que uno de mis superpoderes era comprender a la gente cuando los miraba, a veces con una sonrisa resbalando en la orilla de una mejilla, o una mirada viajera que maduraba un “¿Sería posible?” a un “Eso no va a pasar” buscando el suelo. Con un vistazo veloz entendía a la persona que estaba enfrente de mí.

Este superpoder me ha llevado lejos. Me permitió una carrera muy glamurosa y retadora, reflejando todo lo que siempre he sido en mi vida: la cuidadora, la embajadora de la razón y la que reparte el pastel (como lo dice mi actor de reparto), jaja. O eso era lo que quería creer en un momento en que la vida todavía tenía guardado mucho bajo la manga. Pasaron los años y, viviendo la vida, me encontré enterrada en una montaña de responsabilidades que reconocía ajenas pero no sabía cómo soltar; así que decidí ir a terapia.

Tras algunas citas con mi sensei y estimado guía psicológico, empecé a encontrar de dónde vengo y por qué mi configuración siempre me empuja a llevar la batuta. Lamentablemente, y siendo 100% un cliché, me enteré que fue culpa de mis padres (obvio, jaja). No crean que esto es un juicio o una demanda tardía; después de tantos años entiendo que eran niños criando niños y, como niños, también eran temperamentales. Tenían días buenos y malos y yo, desde antes de ser consciente, los aprendí a leer. Esa sonrisa un día presente y un día no, esas cejas a veces curvadas de sorpresa y otras veces de ira me dieron lecciones para desarrollar mi superpoder: un vistazo y entendía lo que tenía que hacer, decir o provocar.

Sin darme cuenta me nombré la interprete oficial y la protectora de la paz en el universo (bueno, al menos en mi universo), pues veía que no todos tenían la capacidad de entender a la gente tan fácil. Junto conmigo esa vocación creció. Aprendí cómo lo dirían en inglés: “to read the room” así que experimentando lograba mantenerme a salvo haciendo a todos “felices” según lo que yo entendía con ese vistazo; sin embargo, como dice Rebe: “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. Y con el paso del tiempo se sintió así, como que nadie más podría ser el guardián de la razón más que yo y me había condenado a un trabajo eterno. –Sí, siempre andaba un tantito alucinHada–.

En ese momento estaba en mis 20s, vivía sola y, aunque malvivía, creía que había encontrado el secreto de la vida cool (tan joven y yo creía que entendía todo, ¡qué equivocada estaba!). Me gastaba los días creando los espacios para la convivencia de mis mil de amigos; no necesitaba más… Estaba viviendo el sueño, pero ahí en la oscuridad hacía de mi responsabilidad el limar cualquier aspereza existente… ¡Bad news! Eran los 20s: la etapa en la que nos toca presenciar el final de relaciones amorosas, cambios de ciudades o carreras, y mucho chismarajo potencializado por las hormonas de adultos jóvenes que experimentan los primeros años al volante de sus propias vidas. Era demasiado trabajo; eran demasiadas asperezas.

Por eso estaba cansHada y agobiHada; porque me la pasaba haciendo cosas que nadie me pidió y a nadie le importaban. Pero no era todo; además me sentía traicionHada porque nadie me lo agradecía. ¡Qué audacia la mía! Es bonito recordar ahora; cuando el huracán de emociones se apagó, me da risa observar la inutilidad de mis esfuerzos, pero me motiva darme cuenta de lo mucho que aprendí de ello.

Estudios revelan que las papilas gustativas maduran con el pasar de los años; se ponen rígidas. Por ello los viejos aman algunos sabores que los niños no pueden soportar: sabores agrios o duros son solo para paladares maduros. Hoy, después de hacer y deshacer en un camino de vida lleno de anécdotas, me siento como una papila gustativa, rígida… wink wink, no es cierto, sino como una papila que soporta y disfruta cosas que hace algunos años no podría ni imaginar.

Por ejemplo: las asperezas. ¡Ooh lala!, qué ricas son las asperezas y más cuando hay razón para que existan. Otro deleite nuevo también es ser la villana en alguna que otra historia o recuerdo. Antes no podía ni dormir de solo imaginarme que alguien pensara algo malo de mí. Y no crean que me he convertido en una villana de novela o la reina del cinismo; más bien entendí que, en muchos aspectos de la vida, la perspectiva es realidad y, aunque no actué con malicia, más de una vez así parecería.

Ahora, al saber que hay gente que no me soporta y piensa en mí con una mueca de desespero o, peor aún, que hay gente que ni me topa, puedo dormir tranquila; pues la vida me ha llevado a entender el superpoder que me dieron mis papás (aplauso para ellos) y que existe para mi protección, no para mi sufrimiento. Si bien me enteraré que algo anda mal, casi nunca estará en mis manos solucionarlo.

Y al pensarme como una papila gustativa endurecida y moldeada para gustos exóticos, pienso en cómo me formé. Dónde dejé aquella ternura que se lastimaba con cualquier crítica cítrica, cómo es que ahora saboreo el saberme en un universo multidimensional que me deja ser la heroína o la villana en la misma historia (dependiendo de dónde la veas), cómo es que estoy feliz con la persona en la que me convertí… Entonces recuerdo un discurso de esos motivacionales que andan por todo internet: “Tú eres la combinación de las 5 personas con las que más convives”. —Y escucho una musiquita celestial que acompaña la concepción de las nuevas ideas— y lo entiendo todo.

¡Soy la combinación de las cinco personas que más me influyen! Es muy claro cómo es que he llegado hasta aquí: pues mis personas son increíbles, especiales y exóticas. Son mi sol, mi descanso, mi ternura, mi diversión y mi raciocinio. Para prueba, un botón:

El primero: el primer damo, mi adorable actor de reparto, mi compañero de vida desde hace 16 años, Jonas. Quien tiene mi completa admiración por su forma de pensar, que sabe tan suya que no le interesa compartir con los demás a menos que pidas su consejo. Él tiene unos ojos grandes como universos y un semblante de seriedad que muchas veces se confunde con mal genio; sin embargo, solo tiene que lanzarte una sonrisa con todos sus dientes para que sepas que en su interior vive una persona muy amable. Si bien tiene muchos talentos, su amabilidad no tiene precedentes.

La primera vez que me vio desnuda, leyó mi vergüenza mientras trataba de ocultar mis estrías; él tomó mis manos y las puso sobre sus propias cicatrices y me dijo: “Mira, a mí también me arañó un tigre”. Y así, con una risita de complicidad, empezó a abrirse espacio en mi corazón, alma y conciencia. Recuerdo ese momento porque tomó mi vulnerabilidad, la acarició y me acompañó con delicadeza hasta el día de hoy. Amable: así es mi esposo, con quien paso la mayoría de mis días.

Después tenemos a Rebeca: mi mejor amiga. Somos siamesas separadas al nacer, muy ridículas teniendo todo igual y haciendo todo juntas. Ella es guapísima, con un cabello largo y rubio, sonrisa Colgate y unas carcajadas estrepitosas; aunque su exterior es un deleite de ver, su interior es aún más bonito… Ella es una figurilla bellísima de cristal destellante. Es una mujer que marca cada uno de mis días con su interés eterno de saber cómo estoy, qué hago y su convicción diaria de motivarme a brillar por mí y para mí.

En una palabra, Rebe es Ánimo. Su mirada es a donde volteas para saber que eres suficiente; pero si quisieras puedes más y nada te va a detener… Ella fue la dama de honor que se agregó a la lista al final, pues cuando me comprometí apenas nos hablábamos, y en el larguísimo camino a mi boda se interesó tanto por cada detalle que solo le faltó ser mi paje. Ella me enseña lo mucho que importa cuidarte y amarte todos los días.

También tengo una Paloma: mi hermana, mi primera amiga, la mujer que me ha cuidado toda mi vida y sanado con ternura. Por alguna razón siempre es reconocida así: como mi gemela tierna. Y es su piel de porcelana o sus ojos siempre brillantes los que muestran su cariño y ternura. En esos días que las sonrisas no estaban o las cejas estaban llenas de ira, solo teníamos que estar juntas para espantar los malos momentos con carcajaditas de niñas traviesas. Aunque ya crecimos, son sus ojos los que aún te dejan ver a esa niñita que brincotea siendo feliz.

Si fuera ella una palabra, sería valentía. Mientras crecíamos, ella no era la hermana mayor que me regañaba por hacer travesuras; era la que las proponía, la que me empujaba por la barda para escaparnos de madrugada. Ella me enseñó que todos pueden tener una opinión sin que signifique olvidar la mía; ella rompió todas las reglas y, haciendo las propias, me enseñó de valentía.

Mi cuarta guardiana, Jackie: mi mejor amiga. Una mujer delicada; así: tiquismiquis, como dirían los españoles. Tiene una forma tan ligera que pareciera que flota, con una voz que construye cosas y sana el alma. Si la conoces sabes que no exagero cuando digo que es un encanto escucharla hablar… Mejor: verla discutir. Ella es la amiga que siempre está porque físicamente existe lejos desde hace muchos años. Pero juntas logramos borrar las barreras de tiempo y espacio, pues no hemos necesitado la continuidad para seguirnos cuidando. Ella es la persona a la que le escribo a las dos de la mañana o tres de la tarde; le escribo sabiendo que contestará en algún momento desde algún lugar y que conoce mi corazón con tanto detalle que el momento en que llegue su respuesta será el momento exacto en que necesito escucharla.

Si tuviera que describirla en una palabra sería real; porque sabe lo que “debe ser” y “cómo debe ser”, pero también sabe cuándo ese deber no encaja con ella y entonces lucha,  en ocasiones logra cambiar el deber, en otras sigue y sigue luchando con él. Un día me habla renunciando a todo, y dos días después reconoce que llegó su período y se aborta la misión. Se reconoce tanto que da envidia (de la buena, de esa que se acerca más a la admiración) porque es una mujer tan fuerte, tan humilde y tan consciente a la vez; de esas con las que quieres acompañar tu existencia.

Y al final mi primer líder de opinión, al que no le hablo tanto pues al colgar, muchas veces termino cansada de pensar para seguirle el paso. Él sigue diciéndome por quién votar y por qué desde mis 18 añitos; me explica el genocidio de Israel y después nos tomamos unas cervecitas juntos. Ollin: Mi hermano, mi mejor amigo. Él es tanto, TAN-TO de todo. Físicamente es tan grande que, desde que dejó de crecer, nadie nunca lo ha enfrentado o asaltado (eso en México es impresionante); académicamente es un genio comprobado por la Secretaría de Inteligencia Nacional (o por un psicólogo, no lo recuerdo). Si bien no fue mi primer amigo, pues me odiaba por robarle a su mamá, fue el primer hombre que admiré; que se tomó el tiempo de explicarme cómo funcionaba el mundo y pedirme que confiara en él antes de aventurarme en el camino de las drogas o planes descabellados.

Si fuera una palabra sería empatía. Y es que él siempre tiene la oportunidad de ser mucho en todo: en la escuela, en el dinero, en el trabajo; pero su empatía se lo impide. Hace muchos años se reconoció dentro de un entorno y se dio cuenta de su capacidad de cambiarlo y mejorarlo, poniendose en los zapatos de los demás, entonces renunció al “yo” para que el «todos» fuera mejor.

Hace poco me platicaba lo agotado que estaba por manifestarse en contra de un proyecto gubernamental y yo lo cuestionaba y animaba a dejar que otros lo hicieran y él pudiera descansar; él solo me respondía: “Lo tengo que hacer ahora, porque en unos años que tenga tiempo, será demasiado tarde”. Y aunque crea que es un pensamiento propio, yo sé que se inspira de las máximas de Hillel el Viejo que con su gran sabiduria alguna vez dijo: “¿Si no soy yo, quién? ¿Si no es ahora, cuándo?”. Y me inspira siempre a saberme en comunidad además de demostrame la capacidad que tenemos todos de cambiar nuestro entorno, aunque cueste mucho trabajo, aunque nos cansemos.

Esas son mis cinco personas, mis cinco grandes influencias, mis gemas del infinito. Si el dicho es real, en esta vida adulta me he convertido en una persona amable, animada, valiente, real y empática. La superheroína que quieres en tu equipo porque, además, leo mentes. Si bien ahora soy cada vez más rígida como mis papilas gustativas, veo que estas características se están quedando conmigo en el centro de mi “yo”: un “yo” que se está haciendo viejo, a veces agrio y duro… Tan exótico que no todos los paladares podrán aceptar pero los más refinados, tal vez, solo tal vez podrán disfrutar.


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