AtrapHada en el vaivén del tiempo

La leyenda de Cronos en la mitología griega cuenta que, tras escuchar la profecía de que uno de sus hijos le quitaría el poder, él les devoraba nomás nacer; seguro de que eso prevendría aquella maliciosa profecía… Como plot twist de destino final, la profecía no tenía escapatoria y, al ser derrotado por su hijo Zeus (después de la titanomaquia), este fue castigado, condenado por todos sus hijos a contar para el resto de la eternidad. Fue ahí, con el 1, 2, 3 del dios de la creación… que nació el tiempo.

Abrí los ojos un día de estos en los que cada minuto tiene un destino ya. Después de luchar con mis párpados paralizados (que es lo último que logro despertar al escuchar la alarma), repaso los quehaceres del día con parpadeos largos que me permiten habituarme a la luz. Pienso: “Tengo ocho horas de trabajo, dos de ejercicio, una hora para hacer el mandado mientras tomo la llamada de mi amiga que vive al otro lado del mundo, la junta de consejo, y la reunión de chismecito que por fin se pudo confirmar al cotejar las agendas de 4 personas tan -hay que vernos pero tal día no puedo- como yo”. Al bajar los pies de la cama, aún con los ojos entreabiertos, me aseguro de pisar con los dos pies al mismo tiempo por aquello de la suerte; pues sé que ese día apenas me va a alcanzar para hacerlo todo, si y solo si no se presenta ningún contratiempo. Por fin termino por abrir bien los ojos cuando pienso “hay gente que hace todo esto con hijos”.

Con una carcajadita de mi dedicada a mi gran sentido del humor, siento el clima friíto y recuerdo el paseo nocturno que tuve en TikTok la noche anterior: “El Look de invierno que está de moda”, “Cómo verte old money con una sola prenda”. Me empapé de la moda de las blusas oversized y las botas color vino que me remontan a la juventud de mi mamá, y a una pequeña yo que veía como un superpoder que combinara sus botas color vino con su labial y, muchas veces, hasta con su cabello.

Me inspiro en lo actual rimando con el recuerdo y logro balancear esa blusa oversized (que a mí me queda más normal sized de lo esperado) con los pantalones del traje sastre que recuperé en la paca unos meses atrás. Cambio las botas vino por unos tenis, pues aún no estoy convencida de lograr —como mi mamá— llevar esas botas hermosas y no que ellas me lleven a mí.

Con quince minutos de retraso y un look medio exitoso, llego a ese momento de mi día que me trae certezas: el punto donde muchas veces defino si será o no un buen día. Mi psicólogo dice que yo tengo una personalidad que se llama X (Sígueme leyendo y sabrás definirlo) pero con el apellido Obsesivo Compulsivo. Al ser este mi apellido, se muestra solamente en algunos aspectos de mi vida; entre ellos, el sagrado ritual de mi café matutino.

En lo personal me considero un tantito snob. Me gusta subirme a la ola y probar las cosas que están de moda; sin embargo, mi ritual del café matutino es un elemento que ha sufrido muy pocos cambios a lo largo de mi vida adulta (cambios que puedo recordar con exactitud por lo significativo que es para mí). Y tú dirás: “pues qué tanto puede cambiar”, y yo te responderé: “mucho, puede cambiar mucho… el tipo de café (grano, tueste y molido), la forma de extracción, el tipo y cantidad de leche, así como el endulzante”.

Reconociéndolo como una manifestación de mis obsesiones, recuerdo con exactitud: ¿Qué he cambiado de él?, ¿Cuándo? y ¿Por qué? Por ejemplo: el tipo de leche lo cambié hace casi 7 años cuando, después de una dietilla pedorra pero muy restrictiva, me generé una gran y gaseosa intolerancia a la lactosa. Fue así como empecé a buscar diferentes leches; marcas que se diferenciaban por la forma en la que deslactosaban su producto y el sabor aportaban. No se preocupen: después de algunas decepciones encontré mi marca perfecta. Otro ejemplo sería el tipo de extracción, que cambió hace 2 años cuando mi cafetera de americano simplemente se averió. En el par de días que decidía cuál sería mi siguiente cafetera, solo tenía mi jarra de Moka (esta jarrita metálica que extrae el café por medio de la ebullición y se caracteriza por lograr un café con un cuerpo espeso). Así que, como se dice por ahí que “un clavo saca otro clavo”, le di una oportunidad… Al pasar de los días me gustó y se quedó. Ya no fue necesario comprar otra cafetera americana pues ya había salido de mi protocolario café matutino.

Me pueden tachar de loca (pues yo misma lo hago a veces) e incluso he analizado este protocolo sola y con mi psicólogo varias veces… Ahora entiendo que mi necesidad de tener esta certeza ha venido de la falta de certezas que tuve mientras crecía. Importantísimo recalcar que no tuve una mala infancia marcada por la carencia o algo por el estilo; sin embargo, mi familia estaba en constante cambio y la taza de café era el ancla de cada mañana desde mi madre y, antes de eso, su madre. Así como hay cosas que he tenido que aprender a soltar y dejar ir, hay cosas que abrazo y atesoro porque mi alma lo necesita; y mi café, como lo pueden leer, es una de ellas.

Volviendo a aquel día que parece espejismo de un sinnúmero más que se viven con el mismo sabor de boca: tomé mi cafetera y la desarmé para rellenarla, escuchando ya pendientes del trabajo mientras me estiraba por mi pomo de café molido. Fue entonces cuando vi como aquella era la última carga de café que tenía; solo me alcanzaba para esa… Conociendo ya mi TOC, es importante mencionar que normalmente, cuando llego a ese momento, ya tengo un kilo de café esperando en la alacena para rellenar el botellón de cristal que me trae tantas certezas. Sin embargo, ese día no tenía ningún paquete esperando en la alacena; algo pasó en los días anteriores y no presté atención a las reservas.

Lo peor era que al darme cuenta (esperando se terminara de destilar esa bebida de certezas), empecé a reestructurar mi día buscando 20 minutos libres para recoger el tan anhelado enervante. Me di cuenta que tampoco tenía minutos extras para ir a comprar más. Escuchaba la voz de Cronos como un tic tac: sin éxito y mucha prisa ya, lo serví en mi termo y partí… algo de mi día se tendría que modificar… aún no sabía qué, pero tenía que pasar. Manejando a mi oficina le daba pequeños tragos pensándolo.

Al mismo tiempo Ana (una mujer que no conozco) tenía varias horas despierta pues trabajaba desde casa con uno de esos horarios alocados que con paciencia y mucho café logras adoptar. Leía el pendiente en su agenda: “Pasar a taller de espresso”, ya que aquel día ella cenaría con su primo que le había enseñado un poco de las artes ocultas del café… y al vivir cerca del nuevo tostador de la colonia decidió llevarle un poco.

Temprano ese mismo día, al bajarse del camión Josué (a quien tampoco conozco y que comparte el gusto del café con su mamá) acaba de cambiar de trabajo. Al pasar frente al tostador de café —el mismo que se anunciaba en la agenda de Ana y que se instaló en mi cabeza aquella misma mañana— anotó mentalmente: “pasar por un poco de café saliendo del trabajo”.

Fue así como en este día que pudo ser cualquiera, yo, ya instalada en mi oficina, engüía las horas y sus minutos con mil razones que robaban mi atención: la junta, la llamada, el equipo. Sin embargo, cada trago de ese delicioso y tan planeado café me recordaba que necesitaba 20 minutos libres y escuchaba el tic tac que anunciaba a Cronos bien cerquita de mí.

Así transcurrió la mañana. Llegué a medio día y aún no lograba encontrar esa ventana de libertad. Traté de inventar excusas para salir de la oficina y pasar rapidito, pero en esa búsqueda se hicieron las 4:30pm. “Tic, Tac”, mi clase en el gym era a las 6 y yo tenía dos juntas pendientes. Empezando la primera me adelante con la segunda, alegando un inesperado contratiempo, y cerrando mi día logré robarme esos 20 minutos que necesitaba. Burlando a Cronos en mis subconsciente, logré salir de prisa… Así como había vivido todo mi día, directo al tostador de paso a mi ejercicio. Manejaba mientras me cambiaba de ropa: aprovechando el semáforo para cambiarme los tenis y el otro semáforo para cambiarme otras cosas. Por fin logré llegar.

Con su letrero de “Abierto” en color rojo y parpadeando, vi a los dependientes muy desquehacerados; así que me tomé un minuto más ya que seguía luchando con mi top acomodándome las nenas (pues en la maniobra de reemplazar el brasier por el top sin dar show, me habían quedado un poco pellizcadas). Cuando levanté la mirada, vi como Josué llegaba al tostador y, empujando la puerta que tenía un letrero de jale en una hoja de papel mal pegada, se me adelantaba en la fila. Al ver esto, me bajé acomodándome la blusa por última vez, desvié la mirada para verificar que mi cartera se encontraba en mi bolso y entonces sentí la brisa de alguien con mucha prisa jalando la puerta para entrar también.

Ana llegó apresurada, muy ávida de preguntar cosas de café; y así sin más, yo tenía dos personas frente a mí. Pensando en Cronos y la posibilidad de presionarlo para que avanzara más despacio, seguía sin preocuparme porque tenía los 20 minutos extras. Seguía en tiempo. El lugar del café es un tostador elegante con granos y tuestes seguros (Milano, Veracruz, Oaxaca, etc) y ofertas especiales dependiendo la temporada y el clima; así que comprar ahí puede ser tan rápido para la gente de costumbres como yo o tan experiencia barista para las personas que les gusta descubrir los matices que le puede dar esta bebida.

Tuve la mala suerte de llegar después de dos individuos listos para la experiencia. Si bien deduje lo que les cuento de ellos por algunos de los comentarios que aventaban a los dependientes, otro tantito me lo inventé. Fuera cual fuera la realidad, ellos se tomaron su tiempo y el mío. Como espectadora obligada de la cata de cafés y sus especificaciones —escuchando el conteo infinito y a Cronos burlón— se fue el tiempo y con ella mi apretada agenda y sus exactitudes.

Después de algunos respiros profundos que usaba como ruego hacia Ana y Josué de que se apresuraran, se hizo demasiado tarde para llegar a mi clase. Bajando la mirada a mi reloj, suspirando en mis adentros, de repente empecé a percibir el aroma del café que molían así como el que mostraban: las notas acarameladas y cítricas que mencionaron antes. Empecé a escuchar las descripciones y yo misma ya no estaba segura de mi elección. Un par de minutos más tarde por fin fue mi turno: pedí mi kilo de café de la costumbre y un cuarto de aquellos de temporada. Pedí también un latte pues no llegué a mi clase y ahora todo lo demás se relajaba. Despaché al dios griego que me acompañó todo el día.

De un momento a otro y no por elección propia, toda la prisa vivida durante ese día se fue. Me senté con mi taza de café viendo la calle por donde caminaba Josué y el automóvil de Ana. Me sentí dentro de la obra de Antoine de Saint-Exupéry “El principito”. Me observé y sentí como me convertía, de un momento a otro, del contador que no levantaba su cabeza ni para hablar con el niño al mismo niño que se pasaba días enteros observando atardeceres.

Me sentí feliz de que algo me obligó a dejar mis compromisos y apreciar ese atardecer (y no por tener una vista privilegiada, sino por tener el tiempo de observar). Sin perder la oportunidad de reprocharme el aceptar la neurosis de un día entero por la compra del café, decidí que fue lo mejor; que con la experiencia seré capaz de soltar mi sagrada taza de café, o una junta, o la llamada y que ser consciente de mis propias exigencias en un día tan complicado es difícil para mí y cualquier persona. Y, siendo honestos, perder un día mi rutina de ejercicio tampoco me va a cambiar la figura.

Ir por ese kilo de café me hizo recordar que hay que vivir la vida, y no solo cumplir con ella. Recordé nuevamente que hay gente que hace todo eso con hijos (jaja) y respiré tranquilidad. Repasando en mi cabeza el significado del mito que les conté al principio, recordé que el tiempo nos puede consumir, nos puede devorar si solo vivimos en su vaivén de los minutos. También recordé que según el mito el tiempo es un castigo, pero no es mi castigo.

Así que terminé mi café, salí con pasos gentiles —aún con una nena pellizcada pero con el tiempo suficiente de acomodarla—, fui al supermercado y llegué temprano con mis amigas. Las carcajadas se sintieron ligeras, los chismes más intrigantes y cuando llegué a casa me metí en la cama con mi esposo. Lo abracé por la espalda y busqué mi ritual para conciliar el sueño ese día con la tranquilidad de que mi taza de café en la mañana estaría perfecto “Como siempre”.

Con la lección bien aprendida al día siguiente sin quitarme la pijama decidí tomarme mi café viendo salir el sol. Al haber pasado unos meses de ese día, les confieso que no me duró mucho la lección: las agendas neuróticas siguen presentes. Pero algún día se me hará costumbre ver el cielo mientras pasa el tiempo y quién quita que lo haga yo también con todo e hijos.


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