Estuve unos minutos parada en la fila que poco a poco se alargó; es conocimiento de todos los que compramos ahí el orden en el que tenemos que formarnos para ser atendidos. Hay que armarse de paciencia y entrenar la planta del pie derecho para suplir al izquierdo cuando ya no pueda esperar más, porque para cobrar los dueños son minuciosos y se distraen fácilmente con la cháchara del día a día pero están mejor surtidos que cualquier otra abarrotera de la zona; así que todos formaditos nos alistamos para esperar y finalmente comprar.
La caja de la tiendita de abarrotes Manuel se encuentra justo a la entrada, o en la salida (dependiendo del momento en el que lo analices). En ella siempre encontraremos a un integrante de la familia de Don Manuel. Doña Ana, su esposa y dueña también, es una mujer con la piel tan blanca que parece no conocer el sol; las únicas marcas que puedes ver en ella son las arrugas que denotan al menos cinco décadas en este plano. De lejos toda su piel parece muy suave a excepción de la que está alrededor de sus ojos: tiene un algo característico, se nota desgastada, más sensible y al mismo tiempo más usada. Dicen que los ojos son la ventana del alma y, al compartir una mirada con ella, puedes ver que la suya está menguando; que en algún momento muchos pedacitos se le salieron dejando marcas y su luz se siente tenue, como la última brasa de una fogata en la madrugada.
Doña Ana es la más seria de la familia; casi siempre te recibe moviendo la cabeza sin más. Espera que seas tú quien abra la conversación y muy pocas veces te responde más allá de un “Ajam”. En ella es en quien mi corazón se ha fijado desde hace dos noviembres. Su esposo Manuel es un señor con una vibra serena que entrena día a día su capacidad de crear piropos y frases burlonas; roza un poco la confianza de algunos de los que compramos ahí y, aunque platicar con él es mucho más sencillo, también es quien ocasiona que la fila siempre sea interminable. Él cobra y platica, cobra y platica. Cuando por casualidad están los esposos juntos, puedes ver cómo Don Manuel pulula alrededor de Doña Ana, como si jugara a hacerla reír; a veces lo logra, otras veces solo se siente más profundo el vacío de su mirada.
Al formarme en la fila para pagar, mi pasatiempo ha sido observarla. Si le hablan de alguna receta, ella saca su voz de sabiduría culinaria: escucha y abona a la bolsa de víveres del comprador en turno algunas especias o un consejo para lograr un mejor sabor. Si le hablan de cualquier otra cosa, vuelve a su “Ajam” ya conocido y a su quehacer con la máquina registradora.
Un día, hace dos noviembres, quería pasar un momento conmigo, con un libro nuevo acompañado con cafecito y pan; era el momento ritualístico con bebida favorita, pan favorito y con la esperanza de encontrar un nuevo libro favorito. Pero no tenía leche en el refri o en la alacena y, como aquel era el ritual del libro nuevo, no podía sacrificar ni el más mínimo de los detalles. Así que, sin perder la oportunidad de recriminarme la falta de atención al olvidar la leche, me armé de paciencia y fui a la tienda.
Ese día Doña Ana me recibió. Estaba sola y esta vez no movió ni la cabeza; su mirada estaba perdida en el estante de los chícharos y elotes. Lágrimas gordas, de esas que mojan todo el rostro, caían silenciosamente por su carita y yo, siendo más curiosa de lo que me gustaría aceptar, solo quería correr a preguntar: ¿Qué pasaba? y ¿Cómo podía ayudar? Pero no quería sacrificar más tiempo de mi ritual, así que busqué la leche con rapidez, con vistazos intermitentes hacia la caja y a la espera de un milagro para no tener que interrumpir a Doña Ana, que parecía estar con el alma de fuera. El universo, conspiró con mi nuevo libro, apareció Don Manuel, que llegaba a la caja esquivando a su mujer con el alma expuesta (pues la prisa no lo dejaba verla). Aproveché para no perturbar aquel trance tan lastimero, caminé a la caja con pasos acelerados y le dije:
—Mire, traigo los $29 exactos, aquí se los dejo” —me fui sin esperar respuesta.
Llegué a mi casa y seguí con lo mío: mi libro, mi taza ritualística y la impotencia de no poder concentrarme por pensar en Doña Ana. Ese día decidí investigar qué le pasaba; con deseos de ayudar, pero también con mucha curiosidad y principalmente con el objetivo de recuperar mi concentración.
Mi imaginación entonada con mi sobreestimulada intuición me tenían creando teorías de la razón de aquellas lágrimas, mi esposo al verme tan concentrada con la mirada fuera de mi libro se convirtió en mi compañero de conjeturas, si bien no me ayudaba a investigar, discutía conmigo las conclusiones que cambiaban con cada visita que hacía a la tienda.

Mis visitas se hicieron más usuales y Doña Ana solo se veía cada vez más deslavada, como si pudieras ver a través de ella. En una ocasión, en aquella fila, noté cómo otra señora de nuestra calle le tomó la mano y la miró con una mueca de “Estoy contigo”. Yo entonces, entregada a mi poder de deducción, me dije: “Claro, seguro alguien falleció… no, ¡ya sé! Don Manuel se fue, la abandonó”. Entonces, al salir de esa compra innecesaria, maldije el momento en que decidí no ser amiga de ninguno de mis vecinos; seguro todos sabían lo que pasaba menos yo.
Así que le prometí a mi Sherlock interno investigar aquella historia, descubrir ¿Qué pasó? Recordé que una vecina de la calle alguna vez me preguntó si necesitaba ayuda para barrer mi banqueta y, aunque no contraté sus servicios, quedamos como “buenas vecinas”. Así que busqué el momento ideal para encontrarme con ella al pasar; la saludé como nunca solía hacerlo, le hablé del clima, después de la colonia, hasta que llegamos a la tienda. Justo venía con algunos víveres y pude preguntarle:
—¿Cómo ve a Doña Ana?
Ella me dijo que estas fechas siempre eran difíciles para ella. Le pregunté entonces:
—¿Está enferma de algo?
Yo pensaba que tenía que ver con el invierno, tal vez una artritis que se agravaba en esta época.
Ella negó con la cabeza. Antes de poder hacer otra pregunta, mi vecina abruptamente cambió de tema:
—¿Sí vas a querer que te barra afuera? Es que…
Dejé de escucharla, le deseé un buen día y me alejé. Estaba muy molesta porque quemé el barco con los vecinos y solo pude confirmar que era una pena más antigua y seguro Don Manuel seguía con ella, y deseche algunas conclusiones de mi lista sin poder agregar más opciones.
Volví otro día de esa semana; esta vez no había rastro de Doña Ana y la fila no duró más que un suspiro. Una muchacha joven, que intuí, era su nuera, atendía con prisa… Escuché que gritaba a un joven en la trastienda:
—Ven, que tu mamá no puede.
Él se asomó por la puerta y, con el rostro de Don Manuel unos 30 años más joven, entendí que era su hijo; y supe que ella era su nuera porque le hablaba con reproches que solo haces a tu pareja. Su tono denotaba molestia por tener que cargar con las tareas de Doña Ana.
Pensé que entablar conversación con alguien contemporáneo sería mucho más fácil, así que empecé mi entrevista con ella:
—Hola, no te había visto por acá ¿Está Doña Ana?
— No —viéndome con ojos de hartazgo y una mueca en los labios que me hizo sentir un tantito tonta y me desarmó.
Pocas veces me dejan sin palabras pero ese día, con ese tono, ella lo hizo. Salí con otra bolsa de fideos que no necesitaba y volví a mi casa; contándole a mi esposo cada detalle de mi nueva investigación, le dije que otra vez cenaríamos fideos y que la historia seguía estancada.
Con algunas semanas sin actividad importante, el trabajo y el barullo de las fiestas decembrinas me hizo olvidarme un poco del tema. Las posadas y las compras de pánico me hicieron salir de esa sintonía. Fue hasta el 13 de diciembre que tendría otro avance. Ese día seríamos anfitriones de una posada pero olvidé el limón para la carlota. Ya se sentía el frío de diciembre y, con la noche que se apresura a llegar en invierno, yo, apresurada también, corrí a la tienda sin pensar en mi investigación. La entrada se veía iluminada y la tienda sola, sola… Pasé rápido y me encontré con Doña Ana. Ese día se veía apacible, así que le hablé:
—Hola, qué milagro de verla.
—Sí, verdad… —reconocí un poco de apertura de su parte, seguí,
—Ya se siente el frío; creo que este invierno va a estar más fuerte que el pasado.
—Espero que no, estar aquí parada sin moverme me duele más cuando el tiempo está frío —Bajó la mirada.
—Entonces esperemos que se nos pase como un suspiro. Me voy a llevar estas tortillas, el limón (que había dejado sobre la báscula) y un poco de chile en vinagre, por favor.
Ella asintió y, mientras despachaba los chiles, le comenté que estaba apresurada porque tenía una posada.
—Son $102 pesos, pinches fiestas… pura prisa, comprar y gastar —seguida de una risa juzgona.
Yo sonreí, tomé mis cosas y salí. No quería poner en riesgo mi espíritu navideño por un tema que, aunque pareciera interesante, no tenía nada que ver conmigo. Entonces salí de ahí recordando mi investigación y mis conjeturas no se hicieron esperar: “Odia la Navidad”, “Tal vez de niña no podían comprarle juguetes o ella a sus hijos cuando eran pequeños”, “El frío la hace sufrir paradita ahí en el mostrador mientras todos vamos y venimos”. Llegué a mi casa, reboté algunas de mis conjeturas con mi esposo y, el abonaba:
— ¿Y si el dolor es metafórico?—mientras discutíamos las posibilidades, llegaron los invitados y volvimos a olvidarlo.
Tres días después de nuestra última conversación volví a la tiendita. Don Manuel estaba solo; esta vez también se veía algo triste y su humor alcohólico no se le escaparía a ninguna nariz. Pensé que ese día no descubriría nada nuevo y, sin intentarlo, le dije:
—¿Puedo hacer mi pedido de birote para mis navidades?
—Claro, solo déjame encontrar mi pluma —Yo, observándolo con la pluma en su oreja, pensé que era otra de sus bromas, así que me reí.
Él me tiró un comentario que terminó por arrancarme una carcajada y me sonrió; seguía sin darse cuenta de la pluma que llevaba consigo, así que me dije: “es momento de investigar; ni cuenta se dará”. Agarré valor y suspire en mi interior:
—Entonces, Don Manuel, ¿la fiesta estuvo buena anoche? Ja ja —Él me observó
—No fue una fiesta.
Para rescatar la confianza de mi fuente informativa, cambié súbitamente de tema.
—Y Doña Ana ¿cómo está? La última vez que la vi estaba más delgada —Él asintió.
—Siempre pasa eso en esta época del año.
—Por el frío seguramente. —Él callado, bajó la cabeza.
Mantenía su sentido del humor pero su cara estaba en blanco. De pronto, la pluma cayó de su oreja a la vitrina; él se carcajeó y me tomó el pedido.
La confianza inconmensurada que tenía en mi poder deductivo me había hecho errar una y otra vez. No era el frío y, si seguía por ese camino, no iba a llegar a ningún lado. Tenía que cambiar el enfoque: ¿Qué le pasaba a Doña Ana? ¿Qué chingados le pasaba? Estaba harta de no saber y, claramente, muy escrupulosa como para preguntar directamente. El acertijo habitaba mi mente y se hacía cada vez más presente.
La atmósfera alrededor de la tiendita se sentía pesada. Noté que por las noches al muchacho con cara de Don Manuel que se sentaba en la esquina fumando en compañía de su perro; a veces tranquilo y otras con la cabeza entre sus rodillas. Durante todo diciembre lo vi consumir cajetilla tras cajetilla con su mirada fija en un muro gris que, a mi gusto, proyectaba algún recuerdo. Me dolía verle ahí; pensaba que su casa debía ser tan helada y oscura que prefería aguantar el frío de la calle todas las noches de ese diciembre.

Pero el tiempo pasa y llegó enero. Por fin dejé atrás los compromisos sociales y familiares, pensé que sería más fácil seguir con aquel tema que no era de mi incumbencia pero que, después de tantas escenas de dolor, ya me interesaba demasiado. Llegué a la tienda pasando el día de Reyes, avispada para aprovechar cualquier oportunidad, y esta vez la fila era muy larga. Tuve mucho tiempo para observar y lo que vi me desesperó… Doña Ana se veía mucho mejor, nos regalaba un par de sonrisas entre cliente y cliente y la inventiva de Don Manuel se ganaba un par de caricias de aquellas manos blancas, blancas. Pensé que había perdido mi oportunidad de enterarme de la razón de aquellas lágrimas y desbordes de alma. Compré algo que ahora sí necesitaba y comuniqué a mi adorable señor Watson que no sería posible seguir con la investigación.
Durante el año observaba cómo Doña Ana florecía; se veía más fuerte y más viva. A veces la pregunta volvía a mi mente y, tras algunas conjeturas, calmaba mi interés. Lo certero del tiempo es que este nunca se detiene; así que volvió a llegar noviembre y, sin recordar ya aquella investigación, volví a la tienda y otra vez me encontré con Doña Ana y su alma de fuera. Si aquellas atmósferas que se crean cuando hay un grupo de personas tuvieran sonido, aquel habría sido un gemido desgarrador. Ese día observé cómo su familia decidió acompañarla en su dolor, custodiando su alma; permitían su presencia asegurándose de que no se lastimara más. Samuel, el hijo (con quien platiqué más durante el año y supe su nombre), acomodaba mercancía mientras Don Manuel cobraba. Doña Ana permanecía sentada en una sillita que solo nos dejaba ver sus ojos sobre el mostrador; se le veía fugada, viviendo en la memoria. En ese momento mi interés volvió a encenderse. Los custodios nos ponían el ejemplo: Doña Ana estaba en su estado más vulnerable y no había que molestarla. Entendí el valor tan profundo que daban al dejarla existir en donde ella se sintiese cómoda para ahí desenvolverse. Busqué su mirada para que la mía le inspirara confianza, pero no estaba presente; así que compré lo necesario y salí de ese momento tan mágico como tétrico.
En aquellos días, mis perrhijas seguían vivas. Una noche salimos a dar una vuelta; las pobres estaban tan viejas que parecía que ellas me sacaban a pasear a mí. En lugar de resistir su emoción con jaloneos, a las dos cuadras de la aventura ellas me resistían a mí, rimando ruegos que les pedían que avanzaran con unos cuantos jaloncitos respetuosos. Yo pasaba de la voz de mando a la de súplica cuando, de repente, por un andador que cruzaba mi camino, apareció Doña Ana moviéndose en cámara lenta. Se le veía vulnerable y tan expuesta como el otro día en su tienda. Me acompañó por unos minutos observando el camino, taciturna, con sus oídos atentos a mi letanía de ruegos que lanzaba a mis compañeras de paseo. Le aventé un par de miradas y ella respondía con unas risitas; así, sin más, fueron mis perrhijas las aliadas que necesitaba para tener un momento de complicidad con ella. Volví a mi casa y, con la mirada en el techo, recordaba lo poco que había logrado investigar el año anterior y decidí descifrarlo en aquel invierno.
Ese año tenía un nuevo trabajo con flexibilidad de horario que aprovechaba para volver a mi casa temprano. Un día de esos raros que no hay trastes por lavar o comida qué cocinar, pensé que podría seguir con mi investigación. Fui a la tienda por ahí de las cuatro de la tarde, justo cuando la hora de la comida quedó atrás y la gente trabajadora sigue en la oficina. Noté que la tienda estaba vacía y probablemente sería mi día de suerte. Doña Ana estaba ahí y me recibió con su movimiento de cabeza esperado; y aunque se veía triste, también se veía completa. Así que tomé un chocolate grande y me acerqué a la caja.
Con un estante que colgaba del techo y el mostrador por debajo, yo tenía que doblar un poco las rodillas para poder quedar a la altura de sus ojos. Sentí que nuestra complicidad de la otra noche seguía presente y, al darle el billete, creí correcto decirle:
—Doña Ana, sé que no nos conocemos mucho; pero he observado que la llegada del invierno la lastima”. —Ella me miró y sin reservas contestó.
—No es el invierno, es diciembre. —Con mis ojos totalmente abiertos, mostrando mis brasas del interés bien encendidas, continuó:
—Yo empiezo a sufrir desde noviembre porque siento que hay una penitencia qué pagar. Hace siete noviembres mi hijo, el más pequeño, compró una motocicleta y fue hace siete diciembres que se mató en ella.

En ese momento, ella me regresó el cambio del billete junto con el chocolate. Tarde unos segundos en entender lo que acababa de decirme, abrí totalmente mis ojos impresionada, sabía que esa puerta ya estaba abierta, que yo la abrí y tenía que lidiar con ello, internamente renuncie a mi chocolate y al estirar la mano le dije:
—El chocolate lo compré para usted; no sabía qué le pasaba pero quería consolarla. —Ella sonrió chiquito y rápido. Acepto mi ofrenda.
—Me han dicho que el dolor se irá, otra gente dice que no se va, que solo aprendes a vivir con ello… en mi caso no se ha ido, ni he aprendido. Cada noviembre empiezo a llorar porque en diciembre moriré nuevamente de tristeza.
Claramente no tenía la fuerza para mantener mis ojos en los suyos y, lamentándome de haber hurgado en esa herida, busqué en mi repertorio de frases profundas alguna que pudiera salvarme, pero no la encontré.
Volví a mirarla y ella, ahora hurgando en mi alma, me consoló diciendo:
—No te preocupes, siempre revivo en enero, pues todavía tengo gente qué amar.
Tantas veces la había visto con el alma expuesta y ese día me lo dijo con toda compostura y sin derramar una lágrima. Sin palabras (como pocas veces), la tomé de la mano y le regalé esa mirada que había visto a mi vecina darle un año atrás.
Salí de ahí con las lágrimas ya en mis ojos, precipitándose a mis mejillas, porque yo había sido testigo de su muerte un año atrás. Y ahora Doña Ana me confirmaba que era consciente de que cada noviembre iniciaba el camino a su muerte, una muerte de tristeza y de recuerdo. Ella dejaba salir su alma para sufrir por un hijo que ya no está, cada año desde hace siete años. Para en enero tomar la decisión de revivir por los que le quedaron.
Entendí entonces el aroma a alcohol de Don Manuel, las noches de humo de Samuel, las fugas de Ana y la atmósfera tan pesada. Entendí que era una pena familiar e incluso de la colonia entera; seguramente ese niño de la tiendita era amigo, vecino o novio de alguien y es por eso que cada noviembre la clientela más antigua visita aquel recinto con respeto y silencio.
En mi casa esperé a mi esposo impaciente. Su día de trabajo se alargó en el peor momento, pero cuando por fin llegó, le conté mi descubrimiento, traté de ser tan poética como sentí que Doña Ana lo había sido; y con pena por sucumbir a la intriga de algo que no me incumbía pero robo mi concentración, le prometí ser más cautelosa la próxima vez que mis brasas del alma se encendieran de chisme.
Honestamente tardé un tiempo en volver a esa tienda. Esperé hasta el siguiente enero y, tal como ella me dijo, revivió. Perdió su transparencia y delgadez del invierno; acariciaba a Don Manuel empacando las compras de algún vecino y, con aquella complicidad ahora reforzada con su confesión, me recibió con un inesperado “¡Qué milagro!”. Yo sonreí, entré directamente a los anaqueles y me formé en la fila interminable, lista con mis plantas del pie bien entrenadas y feliz por Doña Ana, porque todavía teníamos diez meses antes de su muerte.

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