Declaración de derechos para una nueva generación de… ¿Adultos?
En un tutú rosado dentro de un fuerte construido con sábanas, acompañada siempre de mi hermana que vestía un sombrero de vaquera y entre las piernas sostenía un caballo con cabeza rellena de algodón, yo solía decirle: “Cuando sea grande iré de compras”, “Cuando sea grande tendré amigos famosos”, “Cuando seamos grandes tendremos walk-in closets con tiaras y collares, nuestras casas serán gemelas y viviremos siempre juntas”. Solíamos pasar tardes enteras llenas de imaginación que, al recordarlas, casi puedo palpar el deleite al describir con el más mínimo detalle la nueva aventura que viviríamos juntas en ese universo imaginario. La vida que planeaba para Hadita cuando fuera adulta, dándome permiso de saborearla desde los 4 años.
Hace unos días pensaba en voz alta mientras cocinaba. Me paré en seco al exclamar: “Cuando sea grande…”. Pues, al haber pasado veintinueve años ya del día de las vaqueras y bailarinas, me pregunté: ¿Todavía no eres grande? ¿Quién es esa individua dentro de tu cabeza entonces? Ella, la persona responsable, madura y profunda que crees que eres (ahí humildemente). Al escuchar el reclamo de la comida en la sartén, olvidé el tema y seguí con mi quehacer, con miedo de seguir filosofando tanto de mí misma sin tener el tiempo de rescatar verdades y decretos nuevos. Puse unas canciones y al son de “por la mañana café, por la tarde ron…”, terminé de cocinar, pero aquel pensamiento se quedó adherido a mí. Volvió a aparecer en la regadera y un poco antes de dormir. Tenía que dar respuestas: ¿Quién está dentro de esa cabeza?

Así que di un clavado a mi conciencia y vi a una niñita con carita traviesa subida en unos zancos de madera. Vestía un gran abrigo para ocultarlos y alardeaba de su gran capacidad histriónica para enfrentar el día a día porque, entre sonrisas de culpabilidad y valentía, me decía que no tenía ni idea de cómo se tiene que vivir la vida. Me di cuenta de que era esa niña en zancos la que seguía repitiendo la frase “Cuando sea grande…”, pues lo convirtió en un ejercicio que le permitía imaginar qué se sentía saberle a la vida; qué se sentía saber que tenía la capacidad de sortear los problemas con conocimiento y no guiada por la suerte.
Cuando tenía dieciséis años, yo apostaba mi futuro como una tonta. Aseguraba que a los veinticinco tendría propiedades, inversiones y, por qué no, algún diamante o rubí. Juraba que las tres bancarrotas vividas con mis padres me habían enseñado a tener unas finanzas sanas, pues no había aprendido qué hacer; más bien, había aprendido qué no hacer, y ese espectro es mucho más amplio. Después de su divorcio también sentía que sabía mucho de la vida familiar, del amor. Juraba que al ser tan sabia yo podría solamente, gozar y bailar, jaja. Nuevamente: ¡Qué equivocada estaba!
A los veinte me subí a la ola de la vida adulta con una mezcla de capitalismo y sueños de boomer. Creía que hacer todo con prisa y autoridad me haría llegar más pronto a ser esa adulta que se siente capaz; esa que ya no dice “Cuando sea grande…”. Y aunque en mis veintes aprendí mucho; por ejemplo, renunciando a la responsabilidad de hacer que mi familia nuclear funcionara, —me convertí por fin en la hermana chiquita a la que le hablan para echar chisme y a veces le escondían las cosas para no preocuparla— También renuncié a la idea de encontrar el tan buscado negocio millonario; me di cuenta de que éramos muchos los que lo buscábamos y los que lo encontraban, muchas veces, no lo estaban buscando. Aprendí que la estabilidad se construye poco a poco y fundé mi primera empresa, además me enteré de que el único millonario que conocía vive relleno de ansiolíticos porque sus deudas también son millonarias (cuando pienso en eso, la ñañara recorre mi espalda, me recuerda las bancarrotas y me obliga a valorar lo que tengo entre manos). En esos veintes también arruiné muchas amistades al creer ser la adulta joven más sabia en la comarca; impuse, reclamé y exigí en muchas situaciones, haciéndome acreedora y, he de aceptar, merecedora de algunos odios y recelos que hoy reconozco y acepto.

Y fue así que entré a los treintas. Me casé con un niño en zancos que, como yo, busca todos los días el secreto de la vida. Al menos el destino nos dejó encontrarnos y, al reconocernos tan “cuando sea grande”, pudimos quitarnos el abrigo y tener un espacio de descanso el uno con el otro. En estos treintas entiendo que es mi turno de conocer mis miedos, debilidades y vicios de carácter, mientras se manifiestan todos los daños corporales y mentales por la mala praxis en la década anterior.
Al transitar apenas los treinta y tres, sintiendo un día sí y un día no las ganas de desaparecer, creo que hay mucho que esta década tendrá que enseñarme. Por ahora solo puedo decir que llegó brava y, aunque no he perdido el equilibrio en mis zancos, he estado cerca de caer… ¡Bendita vida que no lo he hecho!
Pero sigo pensando “Cuando sea grande…” y no veo que esa sensación de ser capaz llegue a habitarme pronto. Entonces me desespero y me pregunto: ¿Por qué cuando seas grande? ¿Qué crees que te falta? Si hace poco completaste un proceso de papeleo con el seguro social y sacaste una licencia municipal para tu negocio, ¿qué te falta? Si ya te convertiste en la mujer a la que le preguntan “Ye” y tiene que explicar todo el abecedario para llegar a la respuesta buscada (pues, según tú, es necesario que se conozca todo el contexto). Te convertiste en la que habría sido tu enemiga mortal en tus veintes: ¿Aún no eres grande?
Pero la verdad, sin denostar todo lo que sí logré en este tiempo, quiero confesar que mi presente no se parece en nada a lo que a los dieciséis aposté, mucho menos a lo que planifiqué a los cuatro. Abiertamente puedo decir que no tengo ni propiedades, ni inversiones y mucho menos diamantes o rubíes; deja tú las tiaras y las casas gemelas con mi hermana.
Repasando la vida que he vivido —aquella vida complicada que me ha exigido y regalado tanto, pero que al mismo tiempo, al seguir viva, me permite tener una gran concepción de mí misma—, tengo la hipótesis de que esa sensación de saberse grande YA no existe. Y digo ya, porque siento que mis papás y mis abuelos sí la sintieron, pero yo no lo logro por más retos que supere u obstáculos que esquive. Mis hermanos dicen no haberlo sentido nunca tampoco, viviendo aún en él “Cuando sea grande…”. Mis amigas abonan más a mi muestra de estudio mandando todos los días el sticker de “No puedo, estoy chiquito” o sus diferentes versiones. Quisiera declarar entonces, en mi nueva hipótesis, que esa sensación ya se fue del planeta tierra. Los niños en zancos ya no podemos sentirnos grandes.
Manifiesto que es una sensación que no existe, afirmo entonces que mi vecino no es el Ingeniero Jorge, y mi hermana no es la maestra Paloma: es Jorgito y Palomita en zancos intentando vivir una vida de adulto como llegan a entender que debería vivirse. Y sumándome a ellos, con un montón de gente que dicen sentir lo mismo, quiero decretar la constitución y declaración de derechos de los ahora proclamados “Niños en Zancos”:
Esta es una declaración de derechos para todos los humanos que tenemos esa edad en la que se espera que sepamos sortear la existencia, pero que sin instrucciones hemos logrado solamente mantenernos con vida, siendo una generación que no tiene los pasos tan marcados como: Nacer, crecer, reproducirse y morir. Y nos recalcan una y otra vez la oportunidad que tenemos de disfrutar algo que las generaciones pasadas no pudieron, de viajar como las generaciones pasadas no lo hicieron, o estudiar lo que las generaciones pasadas no supieron y eligiendo vivir una vida tranquila terminamos sintiendo que estamos a medio camino de algo.
Por eso y muchas cosas más hoy, yo, Hada Monroy, manifiesto que:

- Tienes derecho a tener miedo (y está bien).
- Tienes derecho a querer una vida tranquila.
- Tienes derecho a sentirte incapaz.
- Tienes derecho a pedir ayuda.
- Tienes derecho a no tener aspiraciones económicas comunes.
- Tienes derecho a renunciar a todo aquello que te moleste o lastime.
- Tienes derecho a cambiar de rumbo tengas la edad que tengas.
- Tienes derecho a tener una familia diferente.
- Tienes derecho a no cumplir las expectativas de nadie.
Esto es para todos los señoros que nacimos en los late 80s y 90s, que ya somos muy adultos. Para ti, sí, tú que estás leyendo esto, que vives con las expectativas de tus padres hechas añicos hace mucho tiempo, sin ni unito de los logros decretados por tu yo adolescente o niño. Para ti que, con todo el miedo, has logrado convertirte en un adulto, ¿qué crees? Ya eres grande y lo estás haciendo muuuuuuuy bien. Destapa esos zancos y quítate ese abrigo… no hay nada que esconder. Apapacha y educa a ese niño para que crezca mientras envejeces. Probablemente a los setenta habremos logrado lo que nos propusimos en la adolescencia; probablemente no, y cambiar las metas también es tu derecho.
Arrieros somos y en el camino andamos ¡Te quiero mucho, amigo en zancos!
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