Han pasado un par de semanas desde que empecé a escribir en búsqueda de mi pasatiempo ideal, pues la locura de la vida me mandó a la banca por un tiempo, y sin saber qué hacer, me encontré desvalida. Sin rumbo y con mucha energía mental que solo utilizaba para atormentarme cada día un poco más, pues no logro desvincular el ser del hacer y siento que desaparezco cuando no produzco nada. Traumas generacionales que tendré que sanar antes de pensar en tener hijos jaja
Lo que me pasa no es algo simple: mi esposo, mi gran compañero de reparto, espera un trasplante de riñón, y yo seré su donador, y aunque el acto en sí signifique un mundo de preocupaciones y posibilidades, fue la espera de los trámites la que terminó de quebrarme, la que me mandó a la banca y no me dejaba ver colores.
Me reconozco controladora, y me reconozco perfeccionista, me reconozco como la mujer que toma el toro por los cuernos y que cargada hasta la cabeza saldrá adelante. Sin embargo, en esta espera no había nada que yo pudiera hacer para avanzar. No había carga que cargar o toro que avasallar, mi única tarea era esperar.
Todos a mi alrededor, mis amigas, familia, mis doctores, todos me decían “niña, busca un hobby y entrégate a él. Disfruta que tienes una red de soporte sólida y espera con calma”. Espera y calma son dos palabras que yo no sabía que podían ir juntas en una oración, pues en mi experiencia la espera, tristemente, solo da espacio a que las cosas salgan mal, y la calma la logras hasta llegar al final; pero ese era el consejo que recibía constantemente como si la única persona que no entendía fuera yo.

Toda la vida me he sentido tan única, tan diferente…
Diferente mal, como si me hubiese saltado el curso de inducción de la vida, en donde le enseñan a uno cómo actuar en cierta situación o cómo reaccionar en cierta otra.
Algunas veces diferente bien, como aquella mujer que reconoce, escondido en un gesto facial, el dolor que carga un individuo, o la buena noticia escondida en la muesca de la boca de una amiga. Por muchas razones me he sentido única y era yo la única que no entendía que esperar con calma era una posibilidad.
Si les soy honesta, no creo haberlo logrado. Aunque sí lo intenté: cocine, leí, dormí y me mediqué jaja. Mi psicólogo repetía calma, paciencia y tregua, tregua con la vida por no darme algo con que ayudar, algo con que remar y avanzar más rápido. Con todo y sus consejos, la espera se sentía pesada en el alma, en mis párpados para mantenerme despierta y en mi corazón para acompañar a mi compañero, y no lo logré.

Hoy al fin me dieron la noticia, hoy me dijeron que todos los documentos, trámites y pruebas estaban bien, por fin me dieron la fecha de mi donación. Después de ver el screenshot con la confirmación, mi corazón se volcó de alegría y paz, se me aligeraron los párpados y mis dedos empezaron a teclear con más velocidad. Entonces, como si la vida se tratará de solucionar paradigmas, me pregunto: ¿Qué cambió?
El trasplante no es hoy, faltan muchos días. Hoy, como ayer, no hay nada qué pueda hacer más que esperar… y me inunda la duda ¿Por qué hoy sí me siento con calma?
Y la respuesta es clara. La virtud de la certeza es determinante. Saber que la fecha está agendada en el calendario electrónico del doctor, los fondos liberados por la aseguradora y mi familia lista para acompañarme. Todo listo para un día específico en un lugar específico a una hora específica.
Y entonces me reconozco normal y ordinaria, y no en una forma fea de crítica sino en una forma bella de formar parte. Me reconozco con el anhelo en mi corazón de tener una vida ordinaria y tranquila, una vida en la que quiero certezas: la fecha de mi donación para mi amor eterno, la mensualidad de mi automóvil y la suscripción de mi HBO, esperar al 15 y 30 del mes para darme un lujito de quincena y claro diciembre, para con mi aguinaldo renovar brasieres, calzones y calcetines que gasté durante el año.
Reconozco que disfruto el sentirme diferente, pues plasmé mi camino, como el poeta y cantautor Frank Sinatra lo decía siempre “A mi manera”. Me diferencié de todo, me fui a vivir con mi novio y luego me casé, me salí de mi casa y luego conseguí un trabajo, era una fiestera borracha y la más fiel ama de casa. Todo siempre fue a mi manera y aunque no creo que me sienta normal jamás, en la siguiente etapa de mi vida buscaré en esas certezas la energía que necesito para brillar, pues aunque hoy me siento en calma, me sé rota y cansada.
En unos días tendré mi primera intervención hospitalaria y además de sanar mi alma tendré que sanar mi cuerpo con paciencia, con calma y con orden.
Encuentro que el anhelo de la cotidianidad se ha convertido en el mayor de mis deseos, y por ahora, mientras sigo navegando en las aguas de la incertidumbre aguas muy calmadas antes de la tormenta, trataré de conciliar mis personalidades, la única con la ordinaria, recargandome en mi nuevo hobby para entender lo que siento, lo que duele y lo que me recarga mientras escribo.
Pues sí, hoy necesito certezas… pero sé que en el futuro necesitaré aventuras y son las palabras escritas las que me hacen sentir las dos cosas juntas, las palabras escritas son certezas por sí mismas, pues se pensaron, se plasmaron y ahora existen, pero al mismo tiempo crean emociones que me llevan al punto de las lágrimas cuando re-leo el relato de mis recuerdos. Hoy llegué hasta aquí, sin saber ser, sin hacer, y sin sanar aquella herida generacional de productividad enfermiza, buscaré que la escritura sea el espacio donde pueda esperar con calma, como siempre haciendo las cosas a mi manera.

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