Como si tuviéramos que aprender algo justo el día antes de nuestro trasplante, intentamos toda la tarde ver la nueva joyita de Guillermo del Toro, la película de Frankenstein: cómo la ciencia ayudó a un hombre a ganarle a la muerte, reconstruyendo al hombre perfecto… pero como un reflejo del nervio y todo aquello que se describe con la palabra “ñañara”, no pudimos terminar de verla, miles de pendientes se cruzaban en nuestro camino.
Era el día en que yo tenía que preparar todo mi equipaje, pues después del procedimiento y mi alta, no volvería a mi casa; y el día en que Jonas se tenía que preparar con todo su equipaje mental, puesto que aunque él sí regresaría a casa, y como es común en cualquier trasplante, no podría volver a salir en los siguientes 3 meses.
Entonces con las maravillas de Del Toro de fondo, y una recapitulación constante de lo que sería necesario en los siguientes días, se hizo la hora, teníamos que llegar a las 7pm al hospital. La operación sería a primera hora del día siguiente y tenían “que prepararnos”. Yo viví este capítulo de mi vida como una obra teatral con varios actos… Todo empezó al salir de nuestra casita.
Acto 1
La salida:
Mientras se acercaba la hora, repasaba mi equipaje y lo que habíamos dejado listo en casa para que Jonas estuviera sano y salvo. Me lamentaba de no haber alcanzado a lavar toda la ropa sucia, por desgracia al dejarla así permanecería sucia por el resto del mes, minímo. Pedirle a mi suegra (quien cuidaría a Jonas) que la lavara, me parecía… cruzar algún tipo de límite, pero la hora de partir se acercaba y yo ya no tenía tiempo para ello.
Con la fuerza que acumulé en los meses de preparación en los que solo me recomendaban seguir comiendo bien y hacer ejercicio, tomé mis dos grandes maletas, 3 almohadas, su mochila, y las subí a nuestra nave en una sola vuelta.
Jonas por su parte había arreglado su equipaje desde un par de días antes, una mochila llena de gadgets que preparó a sabiendas de los meses de reclusión que tendría: un nintendo, su libro electrónico, el celular y su computadora, baterías recargables para todo y algunos cubrebocas. Nos había dicho que el cuidado que debíamos tener con él sería extremo y el cubrebocas KN95 era lo más extremo que conocíamos. ¡Estaba más que listo!
Sin embargo, con el paso de las horas Jonas decidió subir al segundo piso de nuestra casita petit, espacio que habíamos preparado para su recuperación. Según lo que nos cuentan los expertos, la mayoría de los trasplantados habitan un cuarto y un baño, pero yo pensé que vivir así tres meses además de aburrimientos podría traer un tantito de locura, me empeñé en acondicionar todo el piso superior para que tuviera un poco más de espacio para existir y mantener la razón intacta.
Así que arriba, sacando cosas de su clóset por última vez, lo escuchaba ir y venir. Yo, sintiendo que era un espacio ya ajeno, no me atreví a subir y lo esperé abajo. Le gritaba “Amor ya es hora, vámonos” y el contestaba “Voy ya solo…” y balbuceaba una lista de cosas inteligibles, yo lo escuchaba bajar los primeros escalones cuando volvía a decir “Ay, me faltó…” muchas palabras inteligibles nuevamente y regresaba… Entendí que era su subconsciente entrando a escena, pues lo repitió más de tres veces hasta que logró bajar.
Cerramos todo, apagamos las luces y tomados de las manos caminamos a nuestra trokita. Desde ese momento, decidimos que no nos soltaríamos las manos. Yo manejé, pues sentía que su subconsciente seguía al mando y no quería que pasara algo inesperado. Por primera vez, mi subconsciente aún no aparecía. Hicimos una parada en la farmacia, el cepillo de dientes, enjuague bucal y… toallas sanitarias pues si bien mi subconsciente no había aparecido mi periodo sí lo hizo, así que me resigné a un postoperatorio con toallas porque con saba nada me detiene y ni modo.
Cuando tomamos camino al hospital, no sabíamos qué escuchar, nos queríamos dedicar todas las canciones de amor y con ellas las lágrimas no se hacían esperar, corrían por nuestras mejillas sin control, expresando nuestro amor y miedo, miedo y amor una extraña combinación muy dramática si he de decirlo, así que tuvimos que cambiar el playlist. La selección final fue una playlist para leer, música llena de sonidos pero sin sensaciones específicas, seguimos agarrados de la mano. Nada nos haría separarnos.
7:10 el marcador nos entregó el boleto de estacionamiento. Dejamos todo en la trokita y subimos a hacer “Check in”.

Acto 2
El Check in:
Apretó el botón de subida en el elevador, el círculo encendió una luz azul y se sintió como si hubiera abierto inmediatamente, aunque sé que pasaron varios minutos. Al abrir las puertas, quedé impresionada y vacilante de subir. Aunque sé que el elevador de un hospital debe ser muy grande para dejar entrar una camilla junto con su camillero, ese día me pareció gigante, como la plataforma que sube a los astronautas a su nave… porque eso sentía que haríamos: viajaríamos juntos a la luna. Nos abrazamos todo el tiempo y nos repetimos “Estamos juntos”.
Llegamos a las cabinas de admisión del hospital. Al ser una cirugía planeada, tenían todo listo. Sin embargo, nuestro nerviosismo también entró en escena: se nos caían las cosas, no encontrábamos los documentos necesarios y solo nos disculpábamos una y otra vez, pues para la chica de admisiones era un día normal pero para nosotros era el día en el que despegaríamos al espacio desconocido.
Como siempre, los papás de Jonas nos acompañaron de lejitos, llegaron al mismo tiempo que nosotros y estaban presentes en caso que necesitáramos algo. Nos dieron nuestras habitaciones, pues los dos seríamos intervenidos y cada uno debía tener su cama. Sin embargo, nosotros seguíamos pegados de las manos… nos guiaron a las habitaciones y no nos soltamos de las manos, así que entramos juntos a uno de los cuartos. La chica de admisiones entendió la vibra y se retiró.
Mayela entra a escena:
Mayela: “Hola, chicos. ¡Buenas noches! Yo seré su enfermera esta noche, cuando tengan oportunidad quitensé su ropa, pónganse la bata y en un momento los vamos a canalizar”
Y con mi falta de experiencia en aquello de la hospitalización, levanté mi mano y le pedí permiso para ir por mis cosas a mi coche. Como si fuera un viaje cualquiera, debía lavarme la cara y el skincare nocturno seguiría su curso. Ella con ojos incrédulos me dijo “Sí, haz lo que necesites” y se fue.
Decidimos bajar por nuestro equipaje y obvio, mis almohadas. Temprano ese mismo año, en la primer intervención de Jonas, yo me enteré de que las almohadas del hospital son raquíticas y las almohadas de mi cama son tan bastas como yo, por eso cargué con tres, pues al ser mi primer viaje al espacio, yo tenía que estar 100% cómoda.
Volvimos a subir al cuarto donde el nefrólogo nos esperaba, nos explicó que la intervención sería a primera hora del 10 de noviembre, que la intervención de cada uno duraría 3 horas, que iniciarían conmigo y cuando yo llevara dos horas, entraría Jonas a quirofano. Nosotros con los ojos tremendamente abiertos, lo escuchamos y asentimos. Parecía que nuestras miradas lo invitaban a seguir hablando, pero no había mucho más qué decir, así que el doctor abriendo los suyos, nos preguntó; “¿Alguna duda?”. Y Jonas me volteó a ver con sus grandes ojos y yo …mmm pensando una y otra vez pero no se me ocurrió qué preguntar, arrugué el mentón y le regresé a Jonas la mirada responsable de contestar, él entonces miró a sus papás y todos negamos con la cabeza al mismo tiempo.
Tras cinco minutos de visita, el doctor se retiró, y yo me quedé pensativa… me decía a mí misma que era tan importante saber qué preguntas preguntar cómo buscar las respuestas. Claramente no tenía idea de lo que venía y cómo rumiante declarada, meses atrás decidí no investigar de mi intervención, ya que nada bueno podría traer a mis altísimos niveles de ansiedad regulados ahora por un chochito psiquiátrico.
Así que empezamos a acomodarnos, Jonas dejó sus maletas en su cuarto, pero no tardó ni 30 segundos en volver al mío. Yo salí del baño como estrenando un vestido nuevo, modelándole a mi suegra, aunque era una bata que dejaba ver mi espalda y mis bellísimos calzones.
Así que me senté en mi cama y mi esposo en su bata también se sentó a mi lado. Llegó nuestra cena y preguntamos si podíamos cenar juntos en mi cama, aunque luego él se retirara a la suya. Nuevamente Mayela incrédula dijo “Hagan lo que quieran, incluso si quieren dormir juntos está bien”. Nos volteamos a ver como si nos hubieran atrapado con las manos en la masa y nos reímos. Ya sabíamos que dormiríamos juntos con o sin permiso.
Así que nos acomodamos para cenar. Ese momento fue cuando el consciente de Jonas volvió; tomó su comida taciturno, pues no podía creer que realmente habíamos logrado llegar hasta ahí y me repetía lo endeudado que estaría conmigo por el resto de su vida. Yo, como escritora amateur, emocionada de que alguien me leyera, encontré el momento perfecto para leerle una de mis crónicas, pues si me debía algo, quería que fuera admiración por lo bonito que escribo jaja… sin ser eso 100% mentira, realmente lo que me importaba era que escuchara salir de mis labios lo siguiente:
…Y te ruego que entiendas mi posición, pues aunque es un acto de amor también es uno de supervivencia, de humildad ante mi incapacidad de vivir en este mundo sin ti.
Terminé de leer mi crónica con la voz entrecortada y él solo me decía que escribía muy lindo, y que me admiraba. Claramente eso me llenó de agrado pero también logré explicarle que lo hacía por él y por nosotros, un nosotros tan suyo como mío. Era importante que en la cuenta regresiva para el despegue, él supiera que no me debía nada, que era algo que se tenía que hacer para que esta misión de una vida juntos fuese un éxito.
Así que seguimos cenando, tuvimos una última visita de las enfermeras para canalizarnos y así como los viejitos del titanic, nos acomodamos abrazados en una cama individual, dos adultos y tres almohadas, esperando poder conciliar el sueño y disfrutar nuestros últimos momentos de contacto en los siguientes meses.
Acto 3
El transplante:
06:00 am llega la enfermera prendiendo luces y exclamando que me tenía que tener lista para las siete, me pidió que dejara mis calzones en el cuarto y todas mis joyas pequeñas o grandes… (ella no tenía por qué saber que era bisutería jaja), tenía miedo de que mi mamá no alcanzará a llegar antes de que me llevaran, pues suelo despedirme en persona de mis seres queridos antes de cada viaje y ese día iría a la luna, así que hice todo deprisa como si eso mágicamente trajera a mi mamá más rápido. Última pipí siendo birenal, cepillada de dientes y desnudo total (de no ser por mi hermosa batita), abrazo a Jonas. Mi mamá llegó corriendo a las a las 6:34 am, con la misma prisa que sentía yo, la abracé a ella y a mi tía, que por coincidencia (o diosidencia) nos visitaba desde Estados Unidos en este día tan lleno de emociones.
Me acosté en su regazo y me dijo que todo estaría bien… la verdad es que eso nunca lo dudé. Si habíamos logrado pasar 100 estudios para estar ese día ahí, sabía que saldría bien… pero esta era mi primera intervención hospitalaria, así que regresé a los brazos de Jonas sintiendo mucha tensión, eché un par de bromas, mi típico ser en momentos incómodos, y tras unos minutos que parecieron segundos llegaron mi enfermera y un camillero a recogerme… hoy recuerdo ese día y solo lamento no haber besado más a Jonas antes de irme.
Les repetí a todos que me trataran bonito, que era mi primera vez y que lo mejor era que me explicaran qué tenía que hacer. Paseando por las entrañas del hospital, me cambiaron de camilla un par de veces, me hicieron firmar un documento que claramente no leí, pero que luego supe que era mi consentimiento a recibir sangre ajena en caso de necesitarla, me dejaron a solas por un rato, y yo me preguntaba cuánta gente había estado ahí; había espacio para cuatro camillas y yo sólo pensaba en si la gente que se llegaba a encontrar en ese espacio platicaba antes de su operación, pero no tuve la suerte de averiguarlo, así que me llevaron al quirófano, me pidieron la postura del feto y ahí entró la anestesia en la raquea, perdí conciencia de todo… solo recuerdo que le avisé al doctor que me picaba el ojo con el coso de gas que te ponen para terminar de anestesiarte. Volví a abrir los ojos justo cuando llegué a mi cuarto nuevamente, cuando aterricé en tierra firme.
Mi mamá con los ojos hinchados de llorar, dos tías y mi hermana me esperaban, se levantaron al mismo tiempo que abrí los ojos y me rodearon. Yo no podía hablar muy bien, me entubaron, se llevaron mi voz por unas horas, me sentía fría y me cobijaron, me levantaron y acomodaron como sabían que estaría cómoda. Me preguntaban ¿Qué necesitaba?, ¿Que quería? Yo solo les decía en voz muy baja que necesitaba llorar, no entendía si era mi cuerpo o mi alma, o los dos trenzados que necesitaban soltar un poco, y lloré por un rato. Nada me dolía porque seguía volando con la anestesia pero fui lo más frágil que he sido nunca: estaba ahí, herida, sin voz y llorando, calentita por el calor de mi manada, todas mis leonas protegiéndome, todas rodeándome. Hoy pienso en esa escena y entiendo por qué sé que puedo con tanto.
Me fui un par de horas más y cuando volví a mí, estaba el doctor conmigo, explicando que fue un éxito mi cirugía y la de Jonas, quien estaba en cuidados intensivos por su inmunosupresión pero que estaba tan bien como yo. En ese momento, sentí como un peso que llevaba cargando por un tiempo se fue de mi: mi esposo estaba a salvo y mi riñón feliz, filtrando dentro de él.

En cuanto pude hablar, pedí comida, agua y café. Mi manada no tardó en ponerme enfrente todos mis deseos. Unas mordidas de un baguette, otras a una crepa y un par de tragos a un capuccino… cuando Lupita, mi enfermera vespertina, corrió a decirme que tenía indicada dieta líquida. Me reí y le dije que tenía hambre, a lo que contestó “Por favor solo come lo que te indique el doctor”. No se necesitó más para que una de mis tías pidiera hablar con el doctor, quien llegó momentos después. Mi tía le pidió que me diera comida y gracias a ella, sí cené algo sólido.
Día uno y mi mamá me hizo levantarme. Aunque seguía con el fentanilo en la raquea, me cayó la realidad encima: estaba herida, y sentía un hueco. Caminar me pareció una gran hazaña, como los primeros pasos de Neil Armstrong en la luna. Me esforcé para que mi mamá se fuera a su casa tranquila y así yo poder quedarme tranquila con mi hermana en el hospital; esa noche platicamos hasta dormirnos como lo hemos hecho desde que éramos unas niñas.
La estancia en el hospital fue un bloque de tiempo que no se midió por días o noches, se midió en rangos de 4 horas, que era el lapso en el que me ponían los analgésicos, un preludio del siguiente acto y su protagonista: el dolor.
Acto 4
El reencuentro:
Por la mañana del día dos, abrí los ojos con el doctor dando sus rondas a las seis de la mañana, avisando que mis estudios reflejaban que tener un riñón no mostraba ningún efecto negativo en mi sistema y que ya podía hacer mi vida normal.
Me dio risa porque apenas podía moverme y la sensación de vacío en mi abdomen era cada vez más notorio; vino la enfermera a retirar la sonda y un par de horas después me quitaron la anestesia de la raquea. Para ese momento, yo ya me levantaba, me acomodaba “sin ayuda”, pero poco después entendí que era el fentanilo que lo hacía por mi… y como se menciona en el proverbio de vida “Uno no sabe lo que tiene, hasta que lo pierde”, así que ahi empezó lo más duro.
Empecemos por lo técnico para que aquellos que donen un riñón algún día sepan que se hace a través de una laparoscopia. Tú dirás ¿Y?
Por si no lo sabes, yo te voy a explicar qué significa eso.
Una laparoscopía es un procedimiento médico en el que te hacen tres hoyos: por uno entra una cámara, por otro una lámpara y por otro un gas que te infla como globo para que los otros dos puedan hacer su trabajo. Bien, pues al terminar este tipo de procedimiento, la mayor cantidad de gas es retirado, pero algo de ese gas se esconde ahí por detrás de los órganos, entre los músculos; y para salir se tiene que absorber, sientes ese gas por todo tu cuerpo y duele, no solo en tu herida, en los hombros y en los tobillos, en todo el cuerpo.
Comencé a sentirme como un globo y el doctor me pidió que empezara a caminar y dejara salir todo el gas que quisiera salir, por donde quisiera salir, cuando quisiera salir. Casi sin escucharlo (pues pensé que era otra recomendación incoherente) le pregunté si podía ver a Jonas, sabiendo que solo era posible vernos a través de un cristal, pero me moría por verlo estar bien. Yo sentía el dolor del gas pero nadie iba a detenerme de verlo, así que él accedió y me pidió que fuera caminando para empezar a mover mi organismo. Con ayuda de mi mamá, bajé un piso, caminé algunos pasillos y tras identificarme como su esposa me permitieron pasar a verlo a su habitación.

Llegué sin avisar y la sonrisa que solo pude ver en sus ojos (porque los KN ya habían entrado a escena) fue la más grande que me ha regalado. Nos vimos y hablamos a través del cristal. No aguanté mucho, pues el dolor empezó a invadir cada centímetro de mi piel, y me despedí de él llorando y sintiendo el hueco en mi interior crecer mientras más me alejaba de él. Yo creí que la sensación de vació resultaba de que mis órganos se reacomodaban, sin embargo la psicóloga me explicó que también podía ser el resultado de que Jonas no estaba para sostenerme (como siempre lo ha hecho desde que nos hicimos adultos). Así que me fuí, y sentí que dejaba una parte de mi con él – y no hablo de mi riñón-. Salí tambaleándome de cuidados intensivos. El dolor cada vez era más fuerte.
Volví a mi cama y como si el verlo hubiera permitido que todos mis músculos se relajaran, el gas empezó a salir. Yo no sé si exagero pero sí llegué a sentir que la gente que muere de dolor, muere sintiendo eso que sentí jaja… seguro exagero pero ahí estaba yo absorbiendo el gas con todo el cuerpo, permitiendo que con esas lágrimas de felicidad, amor y dolor se fuera mucho del yo que había sido hasta ese momento, en esta situación. Mientras me retorcía de dolor en mi cama, ese día algo se fue y me dejó más ligera. Otra vez, no hablo de mi riñón.
Acto 5
El alta
Al día siguiente, mi alta estaría lista. Al ser donadora, no era necesario ningún cuidado exclusivo o excéntrico. Tenía una herida, que se tendría que cuidar por un tiempo pero con delicadeza y paciencia, Jonas por su parte tenía que permanecer en el hospital, ya en un cuarto de piso pero con restricciones de cuidado… así que al escuchar que ya me iba y a él lo trasladaban, me agarré de mi hermana compañera fiel y fuimos a tratar de encontrarlo en el camino.
Yo sentí que me había desarmado en esos últimos días y con los cariños y abrazos de mi manada, me habían armado nuevamente. Sin embargo, a él no lo habían abrazado ni apapachado, pues nadie lo podía tocar, así que traté de encontrarlo con mi sonrisa y mi mirada, esperando que sintiera ese abrazo en su corazón. Ya tenía que irme justo cuando Jonas pasó por el pasillo en una silla de ruedas, envuelto en cofia, cubrebocas y bata. Yo con mi ropa lista para partir, obviamente quise acercarme. Me pidieron tiempo para instalarlo y después, podría pasar a despedirme. Abrí la puerta. Su cuarto tenía un gran recibidor que no me permitió verlo desde la puerta. Le grité “Quisiera ser cubrebocas para abrazarte esos cachetitos” y nuestras miradas se encontraron. Él exclamó “Quisiera ser tu suéter para estar abrazándote todo el cuerpo”.
De lejos nos vimos y anhelamos. Sin duda, lo que se sentía ahí era amor incondicional. Hablamos de algunas banalidades y al tener que decir adiós, las lágrimas brotaron, pues el dolor del vacío crecía. Yo solo quería cuidarlo y que me cuidara, pero era imposible. Ahora la misión era recuperarnos los dos de este gran viaje. Así que me fui a cumplir con mi parte.
Hoy seguimos en recuperación, cada quien con sus familias y extrañándonos cada día. Ya pronto será el reencuentro y así como nos han hablado de miles de casos de éxito tras un trasplante, también nos mostraron que esto fue solo el inicio del proceso de adaptación. Nos auguran un año de recuperación en aspectos físicos, sociales y psicológicos.
Pues dicen que la operación es el paso más doloroso, más no el más difícil. Ahora tendremos que aprender a cuidar un riñón en un cuerpo ajeno, y un cuerpo con un solo riñón. Gracias a la vida que somos un gran equipo.
Ahora sí, en nuestra recuperación, pudimos terminar de ver Frankenstein, y sintiéndonos un poco parte de la trama con los experimentos en cuerpos, seguimos en la aventura.
No sé cuánto me tarde en contarles un poco más de esta obra teatral, llamada “Nuestro primer viaje a la Luna” pero estoy segura que tendremos muchas más temporadas en vitrina. Stay tuned.
Deja un comentario